sábado, 31 de julio de 2010

Los motivos de la protesta




Sin siglas, sin nombres ni tutores, los periodistas mexicanos lanzaron el pasado jueves una convocatoria inédita: salgamos a las calles a exigir: "los queremos vivos"... Queremos de vuelta a los compañeros secuestrados el pasado 26 de julio, cuya vida pende del capricho de sus captores. Fueron "levantados" como botín de negociación: a cambio de que las televisoras en que trabajan difundieran un video por televisión local y renunciaran a la cobertura de uno de los episodios más escandalosos en la trama de crimen organizado que a diario deja sin aliento a los mexicanos: el control que los internos mantenían en el Cereso 2 de Gómez Palacio, Durango, que les permitía incluso salir por las noches a asesinar. Un escándalo más de los muchos que se arrebatan el espacio en las planas de los periódicos, cada día.

Allí estaban Jaime Canales, camarógrafo de Multimedios Laguna; Alejandro Hernández, camarógrafo de Televisa Torreón; Héctor Gordoa, reportero de Televisa México, y Óscar Solís, del diario El Vespertino. Estaba allí porque su trabajo se los exige, porque son periodistas, porque cumplen con su labor. Y de vuelta a casa fueron secuestrados, "levantados", decimos ya en México.

Uno de ellos --esperamos que dos a estas horas, según las versiones no confirmadas-- ya fue liberado. Los otros siguen en poder de los secuestradores.

Su caso, como no había ocurrido antes, conmovió al gremio periodístico mexicano, que cuenta más de 60 compañeros muertos y al menos once desparecidos desde 2006, entre ellos una mujer, Esther Aguilar, quien trabajaba para El Diario de Zamora.

Si no son los primeros, entonces ¿qué hizo que su secuestro se convirtiera en resorte de protesta? Primero, la evidencia incuestionable de que fueron blanco del crimen por su labor. Segundo, el hartazgo ante la violencia de que son objeto, y tercero, quizá, un sentimiento compartido de indefensión y ofensas añejas.

Hay quienes leen esta manifestación de repudio a las agresiones contra periodistas, como una consecuencia de los medios en que trabajaban nuestros compañeros: Televisa y Multimedios. El primero, lo sabemos, el gigante de las comunicaciones; el segundo, más pequeño pero no menos influyente en México. Ambos, de dimensiones nacionales, de modo que la repercusión rompió la frontera local, que deja en el olvido muchos casos como estos.

En esta ocasión, incluso, dos de los opinadores más importantes en cada una de esas empresas sacó la cara por sus reporteros, por los secuestrados, aunque antes ya habían tenido entre sus periodistas a víctimas de la violencia. Muertos, incluso. Pero en aquellos casos hubo un halo de duda sobre las razones de las agresiones y los asesinatos: eran periodistas, pero quién sabe en qué estaban metidos (siempre esa versión que corroe la dignidad de una víctima, y pero cuando se trata de un periodista, pues son las mismas autoridades responsables de aclarar los casos, quienes recurren a ella para justificar la impunidad).

En aquellas ocasiones, las empresas y sus directivos, callaron. Nunca exigieron públicamente el esclarecimientos de esos casos, los olvidaron, los arrumbaron. Ahora, en cambio, comprobado el hecho de que los camarógrafos y periodistas cumplían con su labor informativa, salieron a dar la cara por ellos. A exigir.  Además, ya no se trató de una "desaparición" más, sino de un secuestro en el que se pidió a cambio que se doblegaran, que aceptaran condiciones del crimen organizado. Esas podrán ser las razones que llevaron a las empresas a denunciar el hecho. Pero no son --o quizá sólo en parte-- las razones de los reporteros que han levantado la voz. Primero en Twitter con la camapaña #losqueremosvivos y ahora en la convocatoria de una marcha como hacía muchos años no se veía en México.

Los periodistas de calle, los de a pie, los reporteros, queremos salir para exigir la libertad de nuestros compañeros, para expresar nuestro repudio a la violencia de la que somos objeto, para exigir condiciones para la labor informativa, para pedir el esclarecimiento de todos los crímenes, de todos los asesinatos y las desapariciones. Para marcarle un alto a la impunidad.

Pero también queremos salir a dar la cara, a que nos vean de frente. A que la sociedad nos conozca. Queremos salir porque ya no estamos dispuestos a contar muertos y desaparecidos en silencio. Porque hay razones que abultaron las cifras de nuestras víctimas y que no sólo pueden atribuirse al crimen.

Hoy los reporteros no sólo exigimos seguridad del gobierno, la garantía de respeto a los derechos de libertad de expresión y de información para todos los mexicanos. También pedimos responsabilidad compartida: de las empresas para las que trabajamos, de las autoridades que alimentan la impunidad con incapacidad, indolencia y desgano; de la sociedad civil que ha dejado solos a los periodistas y a olvidado a aquellos desaparecidos, y de los mismos periodistas que han asumido y aceptado el silencio y la invisibilidad, a cambio de nada.

Hoy, duele decirlo, a ojos de la sociedad poco respeto merecen los reporteros. Son, acaso, el último eslabón de una cadena que los hace aparecer como prescindibles frente a las herramientas de la tecnología y oferta en masa de información on line. Son, acaso, los que colocan una grabadora frente a la voz de un declarante de rutina. Son la mano de obra más barata del mercado laboral de la información y son, ahora, carne de cañón para el espectáculo de la violencia.

Culpa compartida, admitámoslo, hemos desprestigiado nuestra profesión ante los favores del poder; hemos olvidado a los ciudadanos, sus causas y sus preocupaciones, a falta de ánimo para salir a las calles a encontrarnos con ellos. Nos hemos dejado engañar por sirenas que nos prometen estabilidad laboral a cambio de la obediente constancia, esa que lleva al destajo el arte de la noticia.

A muchos convienen esos personajes grises, invisibles. Convienen su miedo y su silencio. Conviene su conformidad. Al poder, al crimen, les conviene una prensa débil y ya incapaz de mirar, de escudriñar, de preguntar. Pero no conviene a los ciudadanos ni a la democracia. No conviene a un país que se quiere mejor.

Por todo eso, quizá, muchos reporteros, periodistas, saldrán el próximo 7 de agosto a las calles, se concentrarán en el Ángel de la Independencia y marcharán hacia algún rumbo.

Esos, tal vez, son los motivos de la protesta. O sólo quiero imaginar que lo son...                    



3 comentarios:

Taito dijo...

¡Espléndido texto!
Yo he sido (por más de dos décadas) una simple reportera/editora/coeditora de espectáculos; actualmente estoy fuera de los periódicos y haciendo trabajos freelance, pero creo que en estos momentos dramáticos no importa lo pequeño o grande de las fuentes, no importa de dónde venimos o hacia dónde vamos.
Importa que nos unamos en una sola voz que exija respeto y garantías para realizar nuestro trabajo.
Yo ahí estaré el próximo sábado con todos, uniendo mi voz a las de todos los compañeros. Esperemos que se oiga clara y fuerte.
Mil gracias por este texto, me tocaste el corazón.

Elia Baltazar dijo...

Muchas gracias por tu confianza!

Andrea dijo...

Elia, estoy fuera de México y no he podido seguir todo. Qué pasó con los reportajes que hicieron estos medios? No han salido? Parece terrorismo, bueno lo es. Hay forma de publicar esos reportajes o pedazos de ellos en otros medios fuera de México? Algo similar a lo de los cartones políticos en Dinamarca.