sábado, 14 de agosto de 2010

#losqueremosvivos: movimiento en construcción

Hoy se cumple una semana de un lema en movimiento. Los Queremos Vivos salió a la calle el pasado 7 de agosto, multiplicado en cada uno de los periodistas y ciudadanos de este país, que desde cada una de sus ciudades levantaron la voz para exigir: Ni uno más.
No más muertos en las filas de los reporteros, camarógrafos, fotógrafos, periodistas todos. No más silencio ni impunidad. No más expedientes abandonados en el archivo de la desidia de procuradurías, fiscalías y autoridades de cualquier orden. No más agresiones, amenazas, intimidaciones para la prensa de este país. No más miedo frente a nada ni frente a nadie.
Bajo este cielo, los periodistas de todo el país hemos encontrado, como nunca, el arropo de ciudadanos que comparten nuestra preocupación por la defensa imprescindibles de Tu Derecho a Saber y Mi Derecho a Informar, porque la libertad de expresión no puede caminar sola sin el derecho a la información. Por eso todos los queremos vivos. A los periodistas que informan y a los ciudadanos que nos leen, que nos escuchan, que nos ven. No hay uno sin el otro.
Todavía hoy, hay quienes se preguntan si los periodistas merecen un trato de excepción. Si su demanda será justa sólo en la medida que agregue a 28 mil mexicanos muertos en los últimos tres años y medio. Si no hay detrás la paradoja y la contradicción de un oficio que lleva implícito el riesgo. Al cabo muchos llegaron a éste imaginando emociones y aventuras. La duda ronda: ¿los periodistas tenemos derecho a exigir?
Seguro sí. Estoy convencida. Muchos estamos convencidos. Pero habrá que remontar, porque esa duda germinó en tierra abonada por el descuido, la negligencia y la propia irresponsabilidad para con nuestro oficio y con los ciudadanos. No hemos aceptado prescindibles en la medida en que hemos renunciado a ser mejores, íntegros, éticos. Y lo peor, en la misma medida hemos alejado de la conciencia pública el valor del periodismo como garantía de derecho. Por eso hoy se atreven los diputados a decir que hay libertad de expresión, porque todo el mundo puede decir lo que quiere; que cualquier se informa donde quiere y como quiere. Así de básico y así de inútil su entendimiento sobre dos derechos imprescindibles para la democracia y la justicia.
Pero posiciones como ésas no serán las únicas trampas en el camino para los periodistas que han tomado como propio el lema de Los Queremos Vivos. También acechan demonios entre nuestras filas. Las ganas de dividir o de excluir, las ambiciones desbordadas, las tentaciones de poder, el deseo de apropiarse de lo inapropiable. Correr a riesgo de tropezarse y desbarrancar en el impulso un esfuerzo colectivo a largo plazo.
Como nos queremos vivos, necesitamos de todos. Es un lema en movimiento y es de todos. Honrémoslo.

lunes, 9 de agosto de 2010

¿Y AHORA QUÉ?

Por que nos queremos vivos... es necesario seguir. Por el derecho a saber y el derecho a informar... es obligado actuar.... Juntos. En un frente común de defensa por las libertades, las garantías y los derechos de todos. Allí la esencia, pero ¿hacia dónde el camino?
La pregunta ronda, mezclada entre la emoción, desde el final de la manifestación de periodistas más importante que ha visto este país. Multiplicada en ciudades y capitales donde los periodistas se despojaron de nombres propios, de marcas personales y de mitos que los condenan como gremio, la marcha silenciosa del pasado sábado 7 de agosto fue la carta de presentación de una nueva generación de periodistas, que nada tiene que ver con edades, experiencia o trayectoria, sino con compromiso. Con el periodismo primero y con los ciudadanos después. O viceversa. O al mismo tiempo. Porque uno no se entiende sin los otros. ¿Para qué esta profesión, este oficio, si no para abrir el espacio público a las preocupaciones colectivas, para indagar lo que se quiere oculto, para abatir silencios a fuerza de voces?
La urgencia hizo el milagro. A fuerza de muertos, desaparecidos, agredidos y amenazados, los periodistas se unieron. Juntos renunciaron a la palabra, que es su fuerza, para exigir cortarle el paso a la impunidad sobre los crímenes que acumula el gremio. Para advertir que el silencio acecha, peligroso, sobre su derecho a informar y el derecho de todos a saber. Caminamos, nos abrazamos, nos conmovimos juntos al tener en nuestras manos los nombre en lista de nuestros muertos, de nuestros desparecidos. Y gritamos: ¡Ni uno más! También nos aplaudimos por el triunfo, sólo nuestro, del valor compartido. Por nuestra pequeña victoria sobre la desconfianza y las reservas. Nos aplaudimos y aplaudimos a quienes nos acompañaron en la caminata, a quienes nos alentaron desde las banquetas y los autos. Triunfo compartido con los ciudadanos y las organizaciones de la sociedad civil, que nos devolvieron la confianza y el orgullo por el oficio. Ya no más “prensa vendida”.
Pero las horas pasan y la emoción desvanece. No así el peligro para los periodistas ni la inseguridad en su tarea. Tampoco las muchas adversidades para el periodismo. Ya salimos, dimos la cara, nos prometimos juntos, mejores, más profesionales. Ahora habrá que cumplirlo.
Recién recuperado nuestro derecho a hablar, a manifestarnos y protestar, también necesitamos recuperar nuestra capacidad para proponer, para imaginarnos mejores prácticas, para hacernos de nuevas herramientas, de estrategias más efectivas que nos permitan llevar adelante nuestra labor, sortear la violencia y combatir el silencio, la impunidad, la corrupción. No hay que esperar que nos digan qué hacer. En solitario, en pequeños grupos, en organizaciones o redes, y hasta entre amigos, hemos compartido ideas, discutido posibilidades, soñado soluciones. Hace falta trasladarlas al papel. Reflexionarlas. Compilarlas. Trabajarlas. Compartirlas. Discutirlas. Y, por último, empujarlas allí donde debamos. Juntos.
La ignorancia, como la violencia, nos persigue. Como país y como gremio. La resignación y el conformismo nos atenazaban. La comodidad nos acotaba. Ya no puede ser así. Hemos comprometido la palabra ante los ojos ciudadanos para convertirnos en un gremio mejor, más unido, solidario, preocupado por su oficio y por los de su oficio.
Ahora hace falta construir los espacios de reunión, encontrar nuestros ámbitos naturales para actuar, para participar y construir. Comencemos entonces por pensar, por imaginar juntos el periodismo que queremos y las condiciones que merecemos.
Hay que empezar, entonces, por proponer para actuar. Porque de aquí en adelante, no podemos volver a ser los mismos.

sábado, 31 de julio de 2010

Los motivos de la protesta




Sin siglas, sin nombres ni tutores, los periodistas mexicanos lanzaron el pasado jueves una convocatoria inédita: salgamos a las calles a exigir: "los queremos vivos"... Queremos de vuelta a los compañeros secuestrados el pasado 26 de julio, cuya vida pende del capricho de sus captores. Fueron "levantados" como botín de negociación: a cambio de que las televisoras en que trabajan difundieran un video por televisión local y renunciaran a la cobertura de uno de los episodios más escandalosos en la trama de crimen organizado que a diario deja sin aliento a los mexicanos: el control que los internos mantenían en el Cereso 2 de Gómez Palacio, Durango, que les permitía incluso salir por las noches a asesinar. Un escándalo más de los muchos que se arrebatan el espacio en las planas de los periódicos, cada día.

Allí estaban Jaime Canales, camarógrafo de Multimedios Laguna; Alejandro Hernández, camarógrafo de Televisa Torreón; Héctor Gordoa, reportero de Televisa México, y Óscar Solís, del diario El Vespertino. Estaba allí porque su trabajo se los exige, porque son periodistas, porque cumplen con su labor. Y de vuelta a casa fueron secuestrados, "levantados", decimos ya en México.

Uno de ellos --esperamos que dos a estas horas, según las versiones no confirmadas-- ya fue liberado. Los otros siguen en poder de los secuestradores.

Su caso, como no había ocurrido antes, conmovió al gremio periodístico mexicano, que cuenta más de 60 compañeros muertos y al menos once desparecidos desde 2006, entre ellos una mujer, Esther Aguilar, quien trabajaba para El Diario de Zamora.

Si no son los primeros, entonces ¿qué hizo que su secuestro se convirtiera en resorte de protesta? Primero, la evidencia incuestionable de que fueron blanco del crimen por su labor. Segundo, el hartazgo ante la violencia de que son objeto, y tercero, quizá, un sentimiento compartido de indefensión y ofensas añejas.

Hay quienes leen esta manifestación de repudio a las agresiones contra periodistas, como una consecuencia de los medios en que trabajaban nuestros compañeros: Televisa y Multimedios. El primero, lo sabemos, el gigante de las comunicaciones; el segundo, más pequeño pero no menos influyente en México. Ambos, de dimensiones nacionales, de modo que la repercusión rompió la frontera local, que deja en el olvido muchos casos como estos.

En esta ocasión, incluso, dos de los opinadores más importantes en cada una de esas empresas sacó la cara por sus reporteros, por los secuestrados, aunque antes ya habían tenido entre sus periodistas a víctimas de la violencia. Muertos, incluso. Pero en aquellos casos hubo un halo de duda sobre las razones de las agresiones y los asesinatos: eran periodistas, pero quién sabe en qué estaban metidos (siempre esa versión que corroe la dignidad de una víctima, y pero cuando se trata de un periodista, pues son las mismas autoridades responsables de aclarar los casos, quienes recurren a ella para justificar la impunidad).

En aquellas ocasiones, las empresas y sus directivos, callaron. Nunca exigieron públicamente el esclarecimientos de esos casos, los olvidaron, los arrumbaron. Ahora, en cambio, comprobado el hecho de que los camarógrafos y periodistas cumplían con su labor informativa, salieron a dar la cara por ellos. A exigir.  Además, ya no se trató de una "desaparición" más, sino de un secuestro en el que se pidió a cambio que se doblegaran, que aceptaran condiciones del crimen organizado. Esas podrán ser las razones que llevaron a las empresas a denunciar el hecho. Pero no son --o quizá sólo en parte-- las razones de los reporteros que han levantado la voz. Primero en Twitter con la camapaña #losqueremosvivos y ahora en la convocatoria de una marcha como hacía muchos años no se veía en México.

Los periodistas de calle, los de a pie, los reporteros, queremos salir para exigir la libertad de nuestros compañeros, para expresar nuestro repudio a la violencia de la que somos objeto, para exigir condiciones para la labor informativa, para pedir el esclarecimiento de todos los crímenes, de todos los asesinatos y las desapariciones. Para marcarle un alto a la impunidad.

Pero también queremos salir a dar la cara, a que nos vean de frente. A que la sociedad nos conozca. Queremos salir porque ya no estamos dispuestos a contar muertos y desaparecidos en silencio. Porque hay razones que abultaron las cifras de nuestras víctimas y que no sólo pueden atribuirse al crimen.

Hoy los reporteros no sólo exigimos seguridad del gobierno, la garantía de respeto a los derechos de libertad de expresión y de información para todos los mexicanos. También pedimos responsabilidad compartida: de las empresas para las que trabajamos, de las autoridades que alimentan la impunidad con incapacidad, indolencia y desgano; de la sociedad civil que ha dejado solos a los periodistas y a olvidado a aquellos desaparecidos, y de los mismos periodistas que han asumido y aceptado el silencio y la invisibilidad, a cambio de nada.

Hoy, duele decirlo, a ojos de la sociedad poco respeto merecen los reporteros. Son, acaso, el último eslabón de una cadena que los hace aparecer como prescindibles frente a las herramientas de la tecnología y oferta en masa de información on line. Son, acaso, los que colocan una grabadora frente a la voz de un declarante de rutina. Son la mano de obra más barata del mercado laboral de la información y son, ahora, carne de cañón para el espectáculo de la violencia.

Culpa compartida, admitámoslo, hemos desprestigiado nuestra profesión ante los favores del poder; hemos olvidado a los ciudadanos, sus causas y sus preocupaciones, a falta de ánimo para salir a las calles a encontrarnos con ellos. Nos hemos dejado engañar por sirenas que nos prometen estabilidad laboral a cambio de la obediente constancia, esa que lleva al destajo el arte de la noticia.

A muchos convienen esos personajes grises, invisibles. Convienen su miedo y su silencio. Conviene su conformidad. Al poder, al crimen, les conviene una prensa débil y ya incapaz de mirar, de escudriñar, de preguntar. Pero no conviene a los ciudadanos ni a la democracia. No conviene a un país que se quiere mejor.

Por todo eso, quizá, muchos reporteros, periodistas, saldrán el próximo 7 de agosto a las calles, se concentrarán en el Ángel de la Independencia y marcharán hacia algún rumbo.

Esos, tal vez, son los motivos de la protesta. O sólo quiero imaginar que lo son...